Introducción

La relación entre la luz y el teatro se remonta a la antigua Grecia, donde la luz era un factor condicionante e indispensable para las representaciones, las cuales se realizaban de día aprovechando las horas de luz que ofrecía el gran fresnel, nuestro sol.

Recién a mediados del siglo XVII, se empiezan a registrar las primeras representaciones nocturnas, fruto del teatro barroco, primera forma de teatro iluminado con luz artificial: velas de cebo -que luego serían de aceite-. Esto obligó a pensar en lugares estratégicos para la ubicación de dichas fuentes de luz (candilejas, arañas), lo que llevó al hombre a tomar conciencia de que la misma condiciona los distintos ámbitos en los que se encuentra, desde la intimidad de su hogar a los espacios públicos. Por lo tanto, podemos afirmar que es en las artes donde más se evidenciará el poder que tiene la luz sobre la percepción. Tanto artistas como filósofos y científicos, indagaron sobre sus cualidades, buscando en ella lo más esencial y simbólico que posee, abordándola como instrumento de expresión.

Es a lo largo de los dos últimos siglos, que la luz toma otra dimensión en la percepción y cotidianeidad de la sociedad, constituyéndose como herramienta esencial de la composición visual de cualquier actividad artística, desde la arquitectura hasta el hecho espectacular, pasando por la pintura y demás artes. A parir de la invención de la luz eléctrica, en 1879, desarrollada por Thomas Edison, se abre una nueva etapa hacia la creación de innovadoras tecnologías que posibilitan la construcción de distintas situaciones lumínicas: La luz ofrecerá la característica de mutar y ser manipulada a través de distintos sistemas de control (consola, dimmer, etc.) y accesorios (variación del color, temperatura, forma, etc.).

Actualmente, nos encontramos inmersos en la “era de la imagen”, siendo el sistema visual el sentido que prevalece por sobre los otros. El “ver” está estrechamente relacionado con el tipo de situación lumínica a la cual esté sometido el espacio u objeto, y el historial visual generado por el contexto socio-cultural. A su vez, se comienza a investigar rigurosamente el comportamiento de este cuerpo abstracto e intangible –la luz-, sobre los objetos que la reflejan y la hacen ser vista. De esta manera, surge el Diseñador de Iluminación como profesional responsable de decidir como poner en visión una determinada realidad.

En las artes escénicas, la figura del diseñador de iluminación es tan importante como la del resto del equipo de producción, entiéndase: director, escenógrafo, músico, etc. Es entonces, el rol de este profesional de la luz, esencial para definir como va a revelarse el hecho teatral o performático. Así es como la luz toma un carácter autónomo y se empieza a independizar de las otras artes, siendo analizada en conjunto pero puesta en práctica como una herramienta más, soporte de otra.

En consecuencia, nuestro interés formulado a partir del diálogo entre la luz y la escena, es exponer nuestra tarea a la comunidad. Esto generará una experiencia de análisis en conjunto, tanto práctica como teórica, abarcando temas fundamentales como: tiempos de producción, montaje, puesta en escena, etc., desde la gestación de la idea, hasta la materialización de la misma.

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